Sobre los justos no cristianos | Por Ignacio Simal

José Saramago 1922 - 2010
Existen personas que dedican su vida al servicio de las causas justas y de las mayorías que sufren el expolio de sus existencias. Algunas de ellas son personas religiosas,  otras agnósticas, en otros casos ateas. Todas ellas unidas por un objetivo común, dar una solución a este modelo de sociedad segregador e injusto.

El 18 de junio pasado nos entristeció la noticia del fallecimiento de José Saramago. De todos es conocido que no era creyente, y también sabemos que puso su pluma y su persona a trabajar para favorecer el alumbramiento de un mundo mejor. Una vez conocida la noticia, un buen amigo de allende los mares, y al pie de una foto en la que aparecía con Saramago, se preguntaba “¿Lo volveré a ver algún día?”. Y esa es la pregunta que aflige a todo creyente de corazón sensible cuando muere alguien al que considera una persona buena. Una pregunta que nos lanza al meollo de la escatología, especialmente de la escatología cristiana, en relación con la resurrección y el destino de los que no han creído a la manera cristiana o se han declarado explícitamente increyentes.

Para responder a la pregunta que mi buen amigo se hacía, y nos hace, siempre viene en mi auxilio un texto del Evangelio según Mateo. Un texto de tono apocalíptico que nos narra la venida del Hijo del Hombre (Mt. 25:31-46). El evangelista nos cuenta que una vez que el Hijo del Hombre regrese, reunirá ante sí a todas las naciones y las juzgará. También nos advierte que el criterio que utilizará en su juicio será el trato dado a los sufrientes de la historia. No preguntará acerca de creencias, sino acerca de comportamientos ético - sociales. No deja de ser curioso, como muchos exegetas han subrayado, que los que son acogidos al nuevo mundo (reino), no caigan en la cuenta de la trascendencia de sus opciones. Ni siquiera han sido motivados por una creencia religiosa como la que recoge el texto evangélico y que hoy es tema de algunas predicaciones exhortatorias. En ningún momento vieron a Jesús en los desfavorecidos y empobrecidos, simplemente vieron personas en una situación injusta y por lo tanto indeseable. Actuaron desde lo mejor del corazón humano, sin esperar nada a cambio. Dicho en argot cristiano, no obraron para ganarse el cielo. Es gratuidad en estado puro. Por ello el Hijo del Hombre mateano  les llamará “benditos de mi Padre” y el creador del evangelio les calificará de “justos”: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo… Entonces los justos le responderán…” (Mt. 25:34,37). ¡Genial perícopa!

¿Volveremos a ver a Saramago y a miles de personas que, como él, han puesto sus talentos al servicio de la justicia? Y mi respuesta, desde mi entendimiento de la esperanza cristiana, es afirmativa. Sí, les volveremos a ver. Ellos son los justos, los benditos del Padre de Jesús, que tendrán la recompensa de participar, por fin, en el mundo nuevo por el que lucharon y trabajaron sin esperar nada a cambio y que, según la esperanza cristiana, traerá Jesús.

El Dios que nos manifestó el Cristo, frente al dios de muchas religiosidades fundamentalistas,  no es una deidad sectaria. La nueva sociedad que, según la creencia  cristiana, Jesús traerá, será una sociedad inclusiva. Y ello tiene graves consecuencias para nuestras eclesiologías. Pero eso  sería ya otro tema.
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