Primer Domingo de Adviento | Mensaje dominical 28 de Noviembre de 2010

Fuente: Servicios Koinonia  y CLAI 
 
Dibujo Cerezo Barredo
Is 2,1-5: Caminemos a la luz del Señor
Salmo responsorial 121: Vamos alegres a la casa del Señor.
Rm 13,11-14: Revistámonos con las armas de la luz
Mt 24,37-44: ¡Estén preparados!

La liturgia de este domingo primero de Adviento se enfoca toda ella a plasmar en nosotros la idea de la celebración; más aún, a darnos de una vez los elementos por medio de los cuales podremos, si queremos, prepararnos de la manera más adecuada para vivir con verdadero sentido religioso y cristiano la venida de esa venida primera del Verbo hecho carne. El misterio de la Encarnación es grande en verdad, pero también es verdad que iluminados por la misma Palabra, podremos penetrarlo cada vez más, y sobre todo, podremos “explotarlo” cada vez más si tenemos en cuenta que su finalidad es la transformación de nuestra vida, humanizándola siempre más, y empujándola con nuevas energías hacia la meta trazada por el Padre: la felicidad total, completa de sus criaturas.

Se abre, pues, este tiempo de Adviento con una visión del profeta Isaías (2, 1-5) que alcanza a entrever en medio de la turbulencia política, económica, social y religiosa que le tocó vivir. La voz del profeta, de algún modo, tiene que despertar en el pueblo sencillo la esperanza de tiempos nuevos y mejores. Los pueblos todos tendrán como lugar de encuentro con su Dios, el monte del Señor; es decir, el templo de Jerusalén. Ya no será necesario que cada pueblo se erija lugares o templos distintos. La figura del templo de Jerusalén sirve al profeta para trabajar la idea de la paternidad universal de Dios que no excluye a ninguno, y que a todos ama con entrañas de misericordia (vv. 1-4a).

Pero esta época hermosa, marcada por la unidad ideal del profeta, donde Dios será Padre y Juez de todos, no vendrá por “generación espontánea”. El profeta pone también los elementos en torno a los cuales la división, los odios y la violencia tienen que ceder para dar espacio al inicio de ese futuro que espera ahí la iniciativa humana. Tenemos entonces la superación de la violencia armada convirtiendo las armas (lanzas) en podaderas o herramientas de trabajo (v. 4b). Signo claro de que el trabajo, las oportunidades iguales para todos, no puede más que redundar en paz y bienestar, donde nadie tendrá que preocuparse por adiestrarse para la guerra (v. 5). La imagen del tiempo nuevo, motivo de esperanza, pero también de esfuerzo humano, queda completada: no basta con que todos los pueblos acudan al mismo monte, al mismo templo, también tienen que esforzarse por generar un tipo de relaciones óptimas para todos. Ese es el signo de que todos caminan bajo la misma “legislación” divina o, mejor, bajo su misma paternidad, lo cual tiene que producir ese gran gozo que proclama el salmo: ¡qué alegría poder estar en la casa del Señor... ya están pisando nuestros pies...!

El mensaje de Pablo se orienta también de alguna manera a despertar aquella actitud que va de la mano con la esperanza. No se puede permanecer siempre pasivos como en una noche de sueño, es necesario empezar a mostrar frutos de esperanza, o de dignidad, los cuales contrapone el apóstol a los frutos de las tinieblas.

El evangelio que nos presenta la liturgia este domingo está tomado del “discurso escatológico” de Mateo. Se trata de una colección de dichos y sentencias de Jesús referentes a su segunda venida. Jesús enseña que su presencia es confirmación y realización de las promesas salvíficas del Padre, pero también apunta a que dicha salvación tiene que empezar a fructificar de alguna forma en sus seguidores, y que en ese empeño debe permanecer la comunidad de sus discípulos hasta que él vuelva. No se trata por tanto únicamente de ser concientes de que ya hemos recibido en Jesús el don de la salvación. Con este conocimiento y esta convicción se inicia el camino lento y, a veces difícil para el cristiano, de mantenerse en guardia, en continua actitud de manifestar en su vida los signos de la salvación.

Jesús, que conoce profundamente la mentalidad de su pueblo, previene a sus seguidores para que no repitan las mismas actitudes de la gente del tiempo de Noé. El pueblo se confió demasiado sintiéndose depositario de las promesas de Dios; saberse pueblo de la elección y de la alianza lo inflaron talvez mucho, pero no supo dar los frutos que dicho don implica. Del mismo modo, Jesús quiere que sus seguidores estén atentos y vigilantes para que no caigan en la misma tentación. Su segunda venida será primordialmente para recoger esos frutos propios de quienes viven y sienten en sus propias vidas los efectos reales de la salvación.

Así, pues, todas las lecturas de hoy, nos motivan para que revisemos la virtud de la esperanza, y al mismo tiempo nos ponen en guardia contra aquella actitud de simple “espera”. En la espera no necesariamente tengo que implicar mis energías o esfuerzos personales, pues lo que generalmente esperamos son eventos, personas o cosas que se pueden presentar o no, lo cual casi nunca depende de mí; la esperanza, por el contrario, implica todo mi empeño. Yo estoy seguro desde mi fe que el objeto de mi esperanza se realizará, y que mientras ello sucede yo debo estar en tónica de vigilancia manifiesta en mis obras.

Queda pues abierto el panorama de nuestra esperanza desde este primer domingo de adviento, y yo diría, queda abierto el interrogante sobre la calidad de mi esperanza y de la esperanza que debo sembrar en el ambiente propio donde estoy inserto.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 105 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Un cielo nuevo y una nueva tierra». El guión y su comentario puede ser tomado de aquí Puede ser escuchado aquí

Para la revisión de vida

Hago un examen personal sobre las implicaciones de la espera y de la esperanza, y hago aplicaciones concretas a mi vida.

Al iniciar el tiempo de adviento, intento reconstruir mi vivencia del adviento anterior y elaboro un balance de mis avances y retrocesos durante el año, proponiéndome superar este año aquello que considero como estancamiento o retroceso.

Para la reunión de grupo

- Isaías hoy nos pone a soñar en una época nueva, pero implícitamente nos exige unos cambios que se convierten en signos de esperanza, ¿cuáles son los signos prácticos de esperanza en nuestra(s) comunidad(es).

- Detengámonos en esos signos o actitudes de esperanza y preguntémonos: ¿qué valor les damos? ¿cómo los potenciamos? ¿cómo los defendemos?

- Hablemos también de anti-signos o situaciones desesperanzadoras: ¿cómo las asumimos? ¿cómo las desenmascaramos y cómo las vamos erradicando poco a poco a través de nuestra tarea evangelizadora?

Para la oración de los fieles

- Para en cada comunidad sepamos despertar llenos de gozo y de esperanza a la luz de un nuevo día iluminados por la luz de Cristo. Llénanos de esperanza, Señor.

- Por todos aquellos que viven en desilusión y desesperanza, para contemplando en nosotros las actitudes de una esperanza firme, lleguen también a experimentar el gozo del evangelio. Llénanos...

- Por todos nosotros para que sepamos mantener la actitud de la vigilancia esperando activamente tu regreso. Llénanos...

- Por nuestra comunidad para que cada día sea más fiel a su vocación de ser signo de esperanza entre los hombres y mujeres que están con nosotros. Llénanos...

Oración comunitaria

Padre de bondad y de amor, tú nos has prometido una vida llena de felicidad. Aumenta en nosotros la fe y haz que animados por la esperanza de recibir lo prometido, sepamos mantenernos siempre activos y dispuestos a trabajar contigo en el cumplimiento de tus promesas. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, nuestro hermano y maestro.
 
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