Los que derraman sangre, tendrán que beber sangre | Por Juan Stam

Estudiemos el Apocalipsis con Juan
"El libro del Apocalipsis me ha inspirado durante más de medio siglo"
- Juan Stam, en una entrevista dada a NoticiaCristiana.com el año 2008 Lee la entrevista AQUÍ

Los que derraman sangre, tendrán que beber sangre
(Comentario a Apocalipsis 16:5-6):


Y oí que el ángel de las aguas decía:
"Justo eres tú, Señor...
ellos derramaron la sangre de santos y de profetas,
y tú les has dado a beber sangre,
porque se lo merecen".


Llama la atención que tanto en las trompetas como en las copas, el agua ,líquido indispensable, se convierte en sangre. En un comentario perceptivo sobre este pasaje, Pikaza (1999:186) observa que “Juan tiene obsesión por la sangre; es como si la viera brotar por todas partes: el vino del lagar del mundo se fermentaba en sangre (15:19-20), lo mismo pasa ahora con las aguas del cosmos… Es la clarividencia de un vidente que ha descubierto el misterio de Dios en la sangre del Cordero degollado… Pero lo que ahora surge y llena el mundo no es la sangre del Cordero sino la que proviene de los asesinados de la tierra”. De las palabras del ángel del agua queda claro que esa inundación del mundo por la sangre derramada es lo que Juan está denunciando con estas dos copas (16:3-7).

Según el pensamiento hebreo, la sangre de los asesinados no desaparece simplemente en la tierra..[1] La tierra se niega a absorberla para que no se olvide (cf. Job 16:18-19; Is 26:21; Hb 12:24), sino como la de Abel, la sangre derramada sigue clamando al cielo (Gn 4:10; Hb 11:4; cf. 1 En 9:1-2,10; 22:5-7; 47:1-3). Según fuentes judías, esa sangre se mueve y hierve constantemente en sus reclamos incansables de justicia (Kittel (I:7; 626; StrB I:940-942). Los asesinatos dejan a la ciudad saturada y empapada de sangre (Ez 24:7-8; NIDOT III:155; cf. Mt 23:25; Lc 11:50-51), la cual grita ante la presencia de Dios.

Hay razones convincentes para entender estas dos copas también como protesta contra los asesinatos, las masacres y las guerras (cf. 6:3-4; 18:24). Algunos autores concebían a la sangre humana como manchando las aguas para volverlas totalmente rojas. Según OrSib 4:61, en una futura batalla entre los medos y los persas, “el gran Éufrates se inundará de sangre”. El Apocalipsis de Asclepio 3:24 (Aune 1998A:884) exclama: “A ti, oh Nilo santísimo, clamo para anunciar lo que ocurrirá: hinchado con torrentes de sangre…tus olas sagradas no sólo se mancharán de sangre sino estarán totalmente contaminadas de sangre”. El paralelo más cercano y revelador, citado por Aune (1998A:865), aparece en Corpus Hermeticum 23:54-63 (gnóstico, I-III d.C.), donde los cuatro elementos de la naturaleza protestan que han sido completamente contaminados por la sangre de tantos asesinatos. El reclamo del agua es interesante en relación con estas copas:

Oh Padre y Hacedor de la Naturaleza, la fuerza que genera todas las cosas para tu placer, ya es hora que des una orden que mis arroyos se mantengan puros; pues los ríos y los mares están siempre lavando la contaminación de los asesinos y recibiendo los cadáveres de los asesinados.

Estos textos antiguos, aunque no todos judeocristianos, confirman la relación entre la conversión de las aguas en sangre en Apoc. 16 y la violencia humana expresada en las palabras del ángel del agua (16:6). En las palabras dramáticas de Pikaza (1999:187), “estos nuevos egipcios homicidas [los romanos] se ahogan y mueren en el mar de sangre que han vertido”.[2]

La teología de la sangre y de la muerte en el Apoc se organiza en tres círculos concéntricos. En el centro de todo está la sangre del Cordero que fue inmolado por nuestros pecados (1:5; 5:9,11). Cuando el anciano le anuncia a Juan que ha llegado el León de Judá, Juan mira al trono y lo que ve es más bien un Cordero inmolado y levantado (5:6,9), quien ha entregado su vida por los demás. La teología de la cruz en el Apoc es muy clara y muy enfática pero no meramente abstracta, extrínseca o aislada de otras muertes y otras sangres. Para citar de nuevo a Pikaza (ibid.), “Sobre ese asesinato [la crucifixión] emerge la gracia creadora del Cordero (cf. 5:9) y de aquellos que resisten, dejándose matar…y limpiando (en su sangre, sangre del Cordero) la violencia de la historia (cf. 7:14; 12:11)”. De esa forma, la teología de la sangre en el Apoc comienza con la muerte de Cristo en la cruz, pero se extiende a la de los mártires fieles (12:11 vincula la sangre de ellos directamente con la de Jesús) y al fin la sangre “de todos los que han sido asesinados en la tierra” (18:24). Es una teología de la solidaridad hasta la muerte (2:9) entre Cristo y todos los fieles, y aun toda la humanidad sufriente, víctimas de violencia.

Para entender bien el significado de estas dos copas, tenemos que relacionarlas con la polémica de Juan contra la violencia, la opresión, el asesinato y la guerra.[3] El segundo jinete, montado sobre su caballo de guerra, rojo como la sangre, y armado de la espada grande del legionario romano, anda quitando la paz de la tierra y poniendo a la gente a matarse (6:3-4). El cuarto jinete, con su caballo amarillento y su colega “Hades,” cabalga repartiendo muerte por dondequiera que corra, por espada, hambre y pestilencia (6:8). Las almas debajo del altar claman a Dios que vengue la sangre de ellos y ponga fin a toda violencia e injusticia (6:10). Cuando Juan describe al muy militarista y sanguinaria Roma, perseguidor de los seguidores del Cordero, la pinta bien borracha con la sangre de santos y mártires (17:6). Y al final del relato, Juan celebra el juicio de Dios contra la gran Babilonia (Roma), “donde se halló sangre de profetas y santos, y de todos los que han sido asesinados en la tierra” (18:24).

Definitivamente, la teología de la sangre en el Apocalipsis es una teología de la sensibilidad al sufrimiento ajeno y la solidaridad con las víctimas.[4] Nos lleva a cantar, junto con Mercedes Sosa, el conmovedor canto de León Gieco:



Sólo le pido a Dios,
Sólo le pido a Dios
Que el dolor no me sea indiferente,
Que la reseca muerte no me encuentre
Vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente.
Sólo le pido a Dios
Que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.
Sólo le pido a Dios
que el engaño no me sea indiferente,
si un traidor puede más que unos cuantos,
que esos cuantos no lo olviden fácilmente.
Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gen **********

Notas

[1] Para más detalle y documentación sobre este tema, véase Stam I 2003:72-73.

[2] Estas antiguas masacres nos pueden parecer muy groseras y bárbaras, pero de hecho hoy día estamos igual o peor. Hemos desarrollado una horrenda tecnología de la muerte y en gran medida hemos despersonalizado la guerra. El piloto o el bombardero de un avión de guerra puede hacer sus estragos sin compartir para nada la terrible angustia de los seres humanos que han experimentado lo que es vivir bajo una lluvia de bombas desde el cielo. Las visiones de Juan deben ayudarnos a empatizar con todas aquellas víctimas de la violencia en sus muchas formas hoy.

[3] Puede consultarse Stam 2005:323-357 (1978:359-394; 1879:27-60).

[4] No debe ser necesario aclarar de nuevo que estas visiones no son necesariamente literales ni futuras, pero en la mayoría de los casos mensajes teológicos. Tampoco significan que fuera Dios mismo quien produjera tales fenómenos funestos, por ejemplo de privar a la humanidad de toda el agua o de fomentar una batalla con sangre hasta los frenos de los caballos (14:20). Dicha visión debe entenderse más bien como otra denuncia, por hipérbole extrema, de las masacres que convierten la tierra en un mar de sangre.


Sobre el autor:
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.

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Sitio web de Juan: Juan Stam 
 
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