¡Que no se olviden nuestros nombres! Un sermón narrativo de Números 27,1-11 | Por Natanael Disla

Las hijas de Selofjad, que se llamaban Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá, y que pertenecían a la tribu de José a través de Jéfer, Galaad, Faquir y Manasés, vinieron y se presentaron ante Moisés, ante el sacerdote Eleazar, ante los jefes y ante la comunidad en pleno, a la entrada de la Tienda del encuentro, diciendo:
— Nuestro padre murió en el desierto. Él no formó parte de los secuaces de Coré, que se amotinaron contra el Señor, sino que murió por su propio pecado sin dejar hijos varones. ¡Que no se pierda el nombre de nuestro padre entre su clan por no haber tenido un hijo varón! ¡Danos, pues, una propiedad entre los parientes de nuestro padre!
Moisés presentó el caso ante el Señor que le contestó:
— El requerimiento de las hijas de Selofjad es justo: les darás una propiedad en posesión hereditaria entre los parientes de su padre, transfiriéndoles la posesión hereditaria de su padre. Además dirás esto a los israelitas: «cuando alguno muera sin hijos, transferirá la herencia a su hija. Si tampoco tiene hijas, la herencia pasará a sus hermanos; y si no tiene hermanos, daréis la herencia a los hermanos de su padre. Y si su padre no tiene hermanos, se la daréis como herencia al pariente más cercano de su clan familiar».
Esto servirá como estatuto judicial para los israelitas, según el Señor mandó a Moisés.
Números 27,1-11, Biblia Traducción Interconfesional
Mi nombre es Tirsá. Soy la menor de las cinco hijas de mi padre Selofjad. No tengo hermanos. Al no tener hijos varones, desde siempre mi padre tuvo que trabajar mucho para nosotras poder sobrevivir y alimentarnos, mientras nos quedábamos en la tienda afanadas en las labores domésticas. Ese era el espacio donde estábamos confinadas.

Al tener que trabajar tanto nuestro padre enfermó y murió. Entonces nos enfrentamos nosotras solas a nuestro destino: al no tener hermanos varones, y por nosotras ser mujeres, no podíamos heredar nada. ¡Imagínense! Sin tierra que cultivar, sin nada que vender, no podríamos obtener nuestro sustento. Al final, quedábamos en riesgo de caer en la ignominia, en la pobreza extrema y pronto morir de hambre. ¡Sólo por ser mujeres!
Entonces pensé: «No podemos quedarnos así como si nada... ¡tenemos que hacer algo al respecto! No es posible que nuestros nombres sean borrados de la faz de la tierra. No es posible que quedemos en la pobreza. No es posible que quedemos sin tierra.»

Reuní de pronto a mis cuatro hermanas: Majlá, Noá, Joglá y Milcá. Teníamos que atrevernos a hacer algo que nunca habíamos hecho. Si no hacíamos nada, íbamos a pasar a la posteridad como muchas otras de nuestras vecinas y compañeras: hechas nada, cuerpos inertes sin nombre.

Teníamos que vencer dos cosas: el miedo y el estigma social. En primer lugar, el miedo. Conversando las cinco, nos dimos cuenta que nos habían educado para tener miedo. Miedo a vivir, miedo a hablar, miedo a ser nosotras mismas. En las fiestas religiosas en honor a Yahvé nuestro Dios, los varones podían pasar al interior de la Tienda del encuentro. Pero nosotras las mujeres estábamos confinadas a quedarnos en el patio de las mujeres, esperando a que bajaran los varones de la Tienda del encuentro para que nos contaran lo que habían visto y experimentado en la fiesta. «¡Ya está bueno de eso!», pensamos mis hermanas y yo. Queríamos participar de las fiestas también.

Pero nos urgía nuestra tierra que nos correspondía de hecho y derecho. Para poder cambiar nuestra situación debíamos de hablar con Moisés, el líder del pueblo, y con el sacerdote Eleazar. Sólo ellos podían hacer algo por nosotras. De modo que era todo un desafío, pues no era bien visto que unas mujeres salieran de sus tiendas sin sus maridos, y mucho menos hablar con Moisés y con el sacerdote sin intermediación de los mismos.

En segundo lugar, la estigma social. Si nuestro plan fallaba, podíamos ser lapidadas hasta la muerte, y tenidas como rebeldes. El pueblo ya estaba bastante furioso por la rebelión de los hijos de Coré, que causó una gran matanza. De modo que nos arropaba doble miedo: el miedo a salir fuera de la tienda, a hablar con Moisés en la Tienda del encuentro; y el miedo tan grande que teníamos por el genocidio reciente en el cual cientos de varones fueron muertos por sus vecinos.

O todo o nada... Las cinco salimos de nuestra tienda con la frente en alto, dispuestas a todo. Llegamos a la entrada de la Tienda del encuentro, pues no podíamos pasar más allá. Pedimos hablar con Moisés. Le dijimos lo que nos sucedería si no se nos daba tierra para cultivar, que nos correspondía de pleno derecho. Sorprendido de haberse encontrado y conversado con cinco mujeres, mandó llamar al sacerdote Eleazar y a los líderes de la comunidad.

Les dijmos: «— Nuestro padre murió en el desierto. Él no formó parte de los secuaces de Coré, que se amotinaron contra el Señor, sino que murió por su propio pecado sin dejar hijos varones. ¡Que no se pierda el nombre de nuestro padre entre su clan por no haber tenido un hijo varón! ¡Danos, pues, una propiedad entre los parientes de nuestro padre!» (vv. 3.4).

Ahora sí que sentía miedo. Nunca había hablado de esa manera con nadie, ni con ningún varón. ¡Y mucho menos frente a tantos varones juntos! Me sentía pequeña, pero fuerte a la vez. Estaba respirando muy profundo, sentía que todo mi pecho palpitaba, mi lengua salivaba abundantemente de la expectación que tenía. Esos fueron los minutos más largos de toda mi vida: esperar la respuesta de Moisés. O Moisés mandaba a cambiar la ley, o nos mandaba a matar, una de dos...

¡Finalmente Moisés decidió que se mandase a cambiar la ley! ¡Por fin se hizo justicia! Ya no íbamos a quedar olvidadas para siempre, ya podíamos cultivar nuestra tierra y no pasar hambre. Y lo más importante, teníamos dignidad. Porque nunca la habíamos perdido. Porque desde aquella tarde que Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá se reunieron en su tienda y despertaron ante la discriminación que habíamos sufrido, nos supimos libres y acogidas por nuestro Dios.

Por fin se había hecho justicia, y no solo para nosotras, sino también para todas las mujeres de nuestro pueblo en la posteridad.

Nuestros corazones se alegraban. Entonces cobraba sentido para nosotras el dicho que nuestro padre nos contaba a menudo: «Él defiende la causa del huérfano y de la viuda, y muestra su amor por el inmigrante, proveyéndole ropa y alimentos» (Dt 10,18). Y también reza otro dicho: «No le niegues sus derechos al inmigrante o al huérfano (...) Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de allí» (Dt 24,17a.18a).

¡Que no se olviden nuestros nombres!


Sobre el autor:
Natanael Disla es dominicano. Tiene una Licenciatura en Administración de Empresas y es estudiante de Licenciatura en Teología en el Seminario Bautista de República Dominicana.
Natanael es miembro y Coordinador del Núcleo Local de la FTL
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Sitio Web de Natanael: Karmartasis

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