“Soy una de ellas que sigue a Jesús” | Por Alejandra Ortiz

“Quizá te busquen porque naciste, quizá te midan por mujer.
Quizá te acosen porque creciste, quizá te odien por mujer.
Pero no dejes de ser la niña que abraza todo lo que hay en si.
Pero no dejes de ver el mundo como un espacio por compartir…” Pedro Guerra

Para comenzar, 

Plantear el tema sobre la relación hombre-mujer en el seno de la Iglesia y las implicaciones para la misión constituye un tema abierto, con la posibilidad de plantear diferentes perspectivas. Estamos hablando de realidades que se viven en un entrecruzamiento entre la cultura, la interpretación de las Escrituras y patrones heredados por diferentes comunidades cristianas, que además debemos ubicar social y geográficamente. Es un tema en el cual no se puede generalizar, pero cada vez resulta más importante dialogarlo y reflexionar a partir de nuestro contexto actual.[1]

En esta breve ponencia intentaré dar un rápido recorrido al asunto de los estudios de género y las alternativas para concebir a las mujeres en su propia historicidad, al menos para situarnos en un contexto. Comentaré sobre algunos escritos[2] que tratan de reivindicar el papel de la mujer en la Iglesia actualmente y su interpretación sobre algunos pasajes bíblicos, mientras que tomaré de mi propia experiencia y reflexión al compartir estudios bíblicos -con mujeres- donde Jesús se relaciona con ellas en su época[3]. Este documento tiene el propósito de animar al dialogo serio y comprometido sobre el papel que ocupamos en la Iglesia y la misión, y alentar que como individuos y comunidades de cristianos y cristianas podamos caminar juntos, conscientes de nuestro contexto, buscando ser fieles a quien nos ha llamado a su Reino de Vida. Además, debemos reflexionar, escribir y articular nuestras propias posturas, lecturas, perspectivas y experiencias en el peregrinaje cristiano. Por mi parte, estoy más consciente de las limitantes de este trabajo, que de su posible alcance, pero creo que debemos comenzar por algo, así que aquí está un…

Esbozo sobre los estudios de género

Para situarnos en el tema, aunque es necesario decidir o sugerir un punto de partida. Por ejemplo, la antropología ha sido un instrumento recurrido por las feministas[4] para buscar respuesta a la “dominación” del hombre, y han sido los estudios de género los que se han dedicado a definir, articular e indagar sobre el concepto mismo referido, sobre la feminidad, la masculinidad[5], las relaciones entre ambas, etc. Dentro del campo de estudio de la antropología, estas investigaciones han ocupado un papel importante, sobre todo por el contexto social en el que se han desarrollado. La misma atención que otras ciencias y disciplinas han prestado a las mujeres tiene que ver con esta coyuntura del movimiento social por la igualdad de derechos para ambos sexos en algunos países de Occidente, la incorporación de la mujer al campo laboral y por otro lado, la crisis de los paradigmas que ha impactado a las ciencias sociales -y a la teología- han llevado a formular nuevas preguntas, utilizando novedosos métodos y técnicas.

Como bien sabemos, la antropología está interesada en comprender al hombre en todas sus manifestaciones y considera tanto lo natural como la cultura que se sobre- impone a la naturaleza. En el caso del sexo y el género, podemos comenzar definiendo que el sexo tiene que ver con las divergencias físicas entre el hombre y la mujer, donde hay características primarias (de los órganos reproductores) y secundarias (de apariencia) que son determinados por la diferencia cromosómica[6]. Pero cuando hablamos del género, estamos más bien refiriéndonos a los rasgos que cierta cultura otorga a la mujer y al hombre en relación con los roles y el mismo significado de lo que es ser hombre o mujer. El género, según la antropología, es algo que el humano mismo articula según el grupo social, influenciado por factores económicos, políticos, religiosos, etc.

“La masculinidad y la feminidad se construyen culturalmente. Este fue el descubrimiento de las feministas políticas y teóricas de la “segunda ola”, quienes demostraron con sus teorías acerca de la construcción social del género que, contrariamente a lo que se piensa, el feminismo no es una lucha contra el hombre ¡ni mucho menos envidia de él!” [7]

Esto del género, es algo que se “descubre” a partir de las inquietudes del movimiento feminista, se intenta ir en contra de los tabúes manifestados en la historia y comprender realmente el origen y la razón de la dominación del hombre.

El movimiento feminista marcó la pauta para esta búsqueda en la antropología sobre los roles y planteó propuestas en su afán de liberarse de la dominación “universal”. Fue dentro de la formulación de la teoría feminista donde surgieron los estudios de género y estos “descubrimientos” también han afectado las concepciones sobre el papel de la mujer dentro de la Iglesia, cuestionando los patrones culturales jerárquicos y patriarcales. En este contexto se inscriben las nuevas preguntas y búsqueda por entender el lugar de la mujer a finales del siglo XX y en el XXI. Es en este mismo punto donde saltamos a observar

El papel que juegan las mujeres en la Iglesia

Con una mejor comprensión del momento en que nos encontramos desde hace algunas décadas. Considero que lo relevante de los estudios de género para el discipulado cristiano es la posibilidad de reconocer que los valores culturales dados al rol de hombre y la mujer no son “dados” por Dios sino que han sido construidos culturalmente. Esto es liberador, porque entonces abre la posibilidad a una re-lectura de las Escrituras a partir de una nueva realidad para descubrir nuevas formas de entender la relación hombre-mujer y el papel que la mujer tiene en la misión cristiana. Por supuesto que no depende de un individuo solamente, pero en ese proceso de re-interpretación y búsqueda por nuevos caminos para la mujer en la misión, transitamos del reconocimiento ante la marginación para alcanzar una verdadera transformación. Finalmente, las mujeres ya participan activa o pasivamente de la vida de la Iglesia y no se trata solamente de incorporarles, es necesario replantear los usos del poder dentro de las estructuras eclesiásticas, reflexionar y fundamentar la participación femenina, a lado de la masculina. [8] Debemos proponer, bajo la guianza del Espíritu, nuevas formas de ejercicio del poder, acordes al modelo de Jesús basado en el servir y no en enseñorearse. Siendo todos hermanos y hermanas, debemos plantear modelos horizontales y no estructuras verticales donde unos se constituyen la voz única de Dios para ejercer autoridad sobre otros y sobre ellas.

La lucha principal en este terreno, es lograr una transformación en las formas de hacer teología y de hacer iglesia, donde se incluyan las voces y las perspectivas de las mujeres. Pero más allá del quehacer teológico formal está la práctica diaria con la que la teología dialoga-o debería hacerlo- y la manera en que abrimos esos espacios a una “perspectiva de género”. Por esa razón, los esfuerzos del feminismo teológico, del cual aunque no conozco tanto, creo que son válidos en la medida que incluyen esta perspectiva para hacer teología y también se abren a considerar la experiencia de las mujeres y la forma en que las Buenas Nuevas de Jesús puedan en verdad ser noticias de Vida. Nancy Bedford, en su libro la Porfía de la Resurrección, explica la necesidad de que las Buenas Nuevas y el seguimiento de Cristo se rearticulen a la luz de lo que significa ser mujeres hoy. Por esto, creo que no podemos hablar del lugar de la mujer en la Iglesia en el vacío o sin considerar con quien o quienes estamos dialogando.

En un artículo sobre la lucha por la aceptación y el reconocimiento de las mujeres dentro de la Iglesia Presbiteriana,[9] de Salatiel Palomino, podemos ver un poco de la situación de muchas de nuestras iglesias evangélicas, que aunque con diferentes posturas, mantienen y en ocasiones fomentan el machismo. Comienza relatando algunas historias donde ellas son humilladas – en ocasiones por ellas mismas- bajo sus concepciones de la superioridad del varón y la imposibilidad de siquiera acercarse al púlpito. Él explica la lucha que existe dentro de esta iglesia para buscar el reconocimiento del liderazgo y la ordenación de mujeres ministros, aún cuando ellas tienen papeles protagónicos dentro de las congregaciones. A través del análisis de algunos panfletos, da razón de los argumentos para privilegiar el hombre desde el punto de vista bíblico y expone a quienes luchan por la ordenación femenina. Creo que un artículo como este puede representar un poco de la situación hacia el interior de nuestras iglesias, y aún cuando algunas si permiten la ordenación femenina y han fomentado la educación para niñas y mujeres desde el siglo XIX, como es el caso de la Iglesia Metodista de México (IMMAR), deseamos continúe la transformación. Porque aún en estas congregaciones con mayor reconocimiento para la labor de la mujer, necesitamos confrontar nuestro conceptos a la luz de Jesús, su vida, muerte y resurrección.

En entrevista a Nelly García, obrera pionera de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos en México y Centroamérica, ella me decía sobre algunos desafíos de ser mujer en la misión en aquellos años -los 60-. Desde viajar sola grandes distancias, no estar casada, enseñar a hombres y mujeres por igual y ser profesionista dedicada al trabajo misionero, eran cosas fácilmente criticadas. Hoy las cosas sí han cambiado, y lo sé porque disfruto de poder servir tiempo completo en la obra estudiantil como asesora[10], tener espacios para expresar mis opiniones, defender ideas y hasta predicar algún domingo. Privilegios que tengo porque otros y otras han luchado antes. Pero la pregunta permanece, que sí bien las mujeres siempre han tenido un lugar fundamental en las iglesias y la misión, como maestras, predicadoras, misioneras, madres o esposas, los espacios para su participación y para que sus voces y necesidades sean escuchadas parece un “lugar de varones”.

No se necesita mucho análisis para darnos cuenta que aún cuando ellas trabajan arduamente, muchos espacios no se abren para su participación, principalmente en los equipos de liderazgo o de aquellos que toman las decisiones. Con esto no quiero decir que toda mujer busque esas posiciones, ni que sea necesario estar ahí para trabajar o influir sobre otros. Pero es un reflejo de cómo el poder está acaparado por varones, reduciendo la oportunidad para que las voces femeninas, sus perspectivas, experiencias y necesidades se escuchen seriamente. Y más aún, en una sociedad patriarcal y autoritaria, dominada por la idea del caciquismo, la Iglesia parece perpetuarlo, recalcando la imagen del varón como “cabeza”, a sabiendas de como eso justifica el abuso de poder dentro del hogar, del cual muchas son víctimas. Y entonces…

¿Qué hacemos?

Por una parte, es importante retomar algunos argumentos, “intuiciones hermenéuticas”[11] y apologías que otros ya han elaborado. Lindy Scott, en los años 80 presentó (también en el seno de la FTL) una ponencia sobre las mujeres en la Iglesia y ponía sobre la mesa el tema. Su labor exegética, presenta un estudio sobre el pasaje de la 1ra Carta de Pablo a Timoteo 2:9-15. Este pasaje es de los más citados para argumentar en contra de la participación activa de las mujeres en las congregaciones, sin embargo, a través de una cuidadosa búsqueda en el idioma original de la carta pero sobretodo en observar el contexto de la misma, se entiende mejor la razón por la cual Pablo está escribiendo así. En Éfeso, donde se encontraba Timoteo, necesitaba combatirse una herejía, donde algunas mujeres habían sido engañadas y participaban de ella. Por tanto, no podemos decir que la recomendación de Pablo es universal: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.”; sino más bien circunstancial, donde debemos mirar el contexto con cuidado.

Existen otros pasajes, por ejemplo Gálatas 3:28, “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”, que es una declaración universal y fundante de la fe, sobre la nueva realidad en Cristo. Bajo esta consideración, el propósito original de Dios para su creación es devuelto y reconciliado en todas las dimensiones. El relato de Génesis sobre la creación de varón y mujer a la imagen de Dios dignifica, sin embargo, su desobediencia produce consecuencias y entre ellas el dominio del hombre sobre la mujer. Pero en Cristo el propósito de Dios se re-crea y la armonía en las relaciones es posible (Dios-humanidad, mujer-hombre y humanidad-creación). Ya no existe diferencia racial, de clase ni de sexo. Esto sigue la misma pauta de los paradigmas que Jesús rompió en su ministerio, relatados claramente en los evangelios con la samaritana, la sirofenicia, la del flujo de sangre, la viuda que pierde su hijo, la sorprendida en adulterio, sus amigas íntimas María y Martha, entre otras. Y la pregunta permanece, ¿por qué la incongruencia entre el actuar de la Iglesia y el ejemplo de Cristo, quien no procede según normas culturales y le llama “hija” a una sirofenicia?

Por lo tanto, lo desafiante es dejar que la Palabra renueve nuestra mente y no ser nosotros quienes impongamos nuestros prejuicios. Así mismo, debemos reconocer el lugar desde donde leemos o estudiamos las Escrituras y en contextos como el nuestro- tijuanense, mexicano o latinoamericano- tenemos que arrepentirnos del machismo o feminismo, que es excluyente. Elsa Tamez lo propone así: “Varones y mujeres debemos deconstruir nuestras identidades impuestas por esta sociedad y que por lo tanto falseadas, y reconstruir juntos y juntas una nueva identidad masculina y femenina, con nuevas bases antropológicas.”[12] Esto implica muchas cosas, pero sólo bajo el seguimiento de Cristo, aquél de quien nos da testimonio las Escrituras y bajo la dirección del Espíritu podemos edificar en el Reino de Dios con los nuevos valores bajo los cuales se fundó.

Creo, como otros ya han propuesto, que debemos abrir los espacios para que las mujeres pensemos como mujeres, y sigamos a Cristo como lo que somos. Sin embargo, esto no es fácil, porque dejar que ellas tomen la Palabra en las congregaciones va en contra de la cultura patriarcal, pero también autoritaria donde el estudio de la Biblia está limitada a los “profesionales”. Pero estamos perdiéndonos de mucho, al no dejar que la mitad de la Iglesia exprese la Palabra, dialogue con ella, la exponga, y la presente con sus ojos y experiencia a los hermanos que también necesitan escucharlo. Para mí, la oportunidad de compartir las Escrituras con otras mujeres ha sido especial. Porque descubrimos nuestra manera de ser discípulas, en nuestros lugares, con nuestras preguntas, nuestros cuerpos y luchas. He visto lo que Palabra hace cuando deja de ser letra y vivifica, pero esto es posible cuando esa Palabra se considera, se explica en comunidad y se relaciona con lo cotidiano.

He descubierto lo que significa ser mujer cristiana al tener ocasión de crecer como seguidora de Jesús, conociéndole, siendo confrontada por él y como otros y otras le ven, al abrir la Palabra en comunidad y exponerla. Este tema es también parte de mi trayectoria al tratar de entender mi lugar como mujer joven dentro la Iglesia de Dios y en la misión, realidad que también me reta a retomar preguntas y responder ¿De qué manera el evangelio de Jesús es buena noticia para las mujeres hoy? ¿Cómo Jesús transforma y ha transformado la realidad de las mujeres en la historia? ¿Cómo, desde mi trinchera como profesionista, obrera estudiantil, amiga, hija, hermana, lectora y de pronto escritora de blogs, puedo ser portadora de estas buenas noticias de Jesús para todas y todos? Donde nadie se excluye, donde la experiencia de conocer a Jesús no se limita a una sola vivencia, en un solo lugar, bajo una sola condicionante, y donde el ser mujer también es importante. Donde el descubrirlo es parte de reconocernos como creación de Él, amadas por Él.

¿Será que el evangelio que anunciamos sigue siendo buena noticia para todas las mujeres? Hay tanto que despojarnos, tantos moldes culturales que transformar, tanto que aprender de Jesús, que no dejó que el sistema del mundo le marcara la pauta para sus relaciones con niños, con mujeres, con los débiles…Como Iglesia tenemos esa labor también, de ser voz profética, mostrando al mundo como son las relaciones en el Reino de Dios y denunciar con nuestras vidas y palabras lo que no produce vida. Que otros y otras conozcan a Jesús también por mujeres libres, con paz y con gozo, que han visto al Cristo resucitado y que su relación con él las ha transformado para siempre. Eso no nos exime del dolor, pero nos permite verlo y comprenderlo diferente, nos hace luchar por lo que vale y sufrir por lo que vale. Nos lleva a terrenos espinosos, donde no nos conformamos con lo que otros dicen sobre nosotras, porque al final, lo que importa es que Jesús también nos creó, se encarnó, entregó y resucitó por nosotras. Y no sólo eso: nos habló, se hizo amigo, nos acompañó, nos reivindicó, sanó, reveló y se manifestó a ellas, de otra época, que bien podemos ser hoy, nosotras.

Notas:

[1] Este trabajo representa un primer acercamiento al tema de mi parte. Los textos revisados son principalmente trabajos exegéticos que plantean algunas propuestas a favor de la igualdad de la mujer en la Iglesia y un par de estudios de caso.
[2] Luis Scott, Las mujeres y la Iglesia y 1 de Timoteo 2:9-15, (México: Kyrios, 1988); Catalina F. de Padilla y Elsa Tamez, La relación hombre-mujer en perspectiva cristiana, (Buenos Aires: Kairós, 2000); Nancy Bedford, La Porfía de la Resurrección, (Argentina: Kairós-FTL, 2009); “Women and Mission, Bible and Mission” en Edinburg 2010: Witnessing to Christ Today, (Oxford: Regnum, 2010); “Latina Women and Immigration” de Elizableth Conde-Frazier en Journal of Latina American Theology: Christian Reflections from the Latino South, (vol.3, no. 2, 2008); Victor Rey, “Biblia, Mujer y Género” en Misión y Vida en América Latina Hoy, (Chile: CREE, Visión Mundial, 2002).
[3] Desde un año aproximadamente comenzó un grupo de estudio bíblico con mujeres jóvenes (23-27 años) en Tijuana del cual soy parte. La mayoría proceden de un contexto católico activo, pero al menos yo, quien comparte con ellas, me ubico dentro del contexto evangélico. Al comenzar con las reuniones, tuvimos una serie de 10 estudios de encuentros de Jesús con mujeres en los Evangelios, posteriormente estudiamos Ruth y ahora el Evangelio de Marcos.
[4] Cuando utilizamos el término feministas nos referimos al movimiento social, principalmente estadounidense en la lucha por los derechos civiles y la defensa por la el trato igualitario, sin necesariamente mostrar una hostilidad en contra del hombre, sino como un acto reivindicativo.
[5] Posteriormente se explicará que estos conceptos de feminidad y masculinidad son construcciones culturales.
[6] Conrad Phillip Kottak, Antropología cultural, 11va ed. (España: McGraw Hill:2006), 212.
[7] Rubí de María Gómez Campos, El Sentido de sí. Un ensayo sobre el feminismo y la filosofía de la cultura en México (México: siglo xxi editores), 1-2.
[8] Nancy Bedford, 60.
[9] Salatiel Palomino López, “En busca de aceptación y reconocimiento. La lucha de las mujeres en el ministerio.” en Lupa Protestante, (30 de junio, 2010), http://www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2182&Itemid=129
[10] Compañerismo Estudiantil usa el término “asesor” u “obrero” para referirse a los profesionistas que trabajan en la formación, acompañamiento y labor misionera dentro de las escuelas.
[11] Victor Rey menciona así a su acercamiento al pasaje evangélico de Juan, que relata el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, para hablar acerca de la mujer en la iglesia y la evangelización en culturas oprimidas.
[12] Elsa Tamez, 43-44.e

Sitio web de Alejandra: Relatos de Esperanza
 
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