Masculinidades y evangélicos: haciendo camino en terrenos escarpados | Por Natanael Disla

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No sé si te pasa, no sé si lo sientes, observo cada vez más hombres que desconfían de otros hombres, que los ven como enemigos, como obstáculos, o a lo sumo los ven como instrumentos, como medios. […] Veo cada vez más hombres enceguecidos por la ambición, a los que no les importa qué precio […] hay que pagar para tener. […] Cuando hay tan poca solidaridad, tan poca empatía, tan poca camaradería entre los varones estamos mal, hermano varón. - Sergio Sinay, Carta abierta de un varón a otro varón

A. La situación

En la gran mayoría de nuestras iglesias pervive un lenguaje únicamente masculino sobre Dios. Se invisibiliza a las mujeres al no adoptarse la inclusividad en el lenguaje. Bien decía Friedrich Schleiermacher, «[t]odo lo que hay que presuponer en la hermenéutica es únicamente lenguaje» (Gadamer 2007, 460).  Nuestras interpretaciones del texto sagrado —y sus consecuentes acciones pastorales— dependerán en mucho del lenguaje y verbalización que adoptemos luego de acercarnos al texto. El lenguaje únicamente masculino para referirse a Dios ha llevado al androcentrismo que, en palabras de Nancy Bedford, es «aquella cosmovisión según la cual el varón o una idealización del mismo es colocado consciente o inconscientemente como norma o parámetro de la realidad, incluyendo la realidad de Dios» (2008, 64). El androcentrismo lleva al machismo.

¿Cómo se sienten los varones evangélicos ante el androcentrismo y el machismo imperante?

Muy pocas veces nos hemos hecho estas preguntas honestamente, y mucho menos no hemos compartido en grupos de varones sobre cómo nos sentimos como tales. Tradicionalmente, los grupos de varones en las iglesias se circunscriben al hecho de rendir cuentas, término que supone un imaginario de «traer a la mesa para que vean cómo he estado durante la semana; recibir reprensiones en ‘genuino amor cristiano’ y darme consejos sobre cómo conducirme». Sin reparar en que dentro de cada hombre, hay un varón que de una manera u otra tiene sentimientos, que muchas veces no los expresa por temor a que su hombría sea diferenciada del pilar donde se espera que esté.

¿Nos estamos dejando interpelar? 

El relato del encuentro de la mujer cananea y Jesús de Nazaret en Mateo 15,21-28, nos puede servir para entender que los varones no siempre tienen la última y única palabra, como la cultura patriarcal nos ha enseñado. En el relato señalado, en principio Jesús le niega a esta mujer la curación de su hija enferma llamándola prácticamente «perra», término despectivo con que los judíos se referían a los paganos (Mt 15,26 BTI). Esto revela el racismo imperante que aprendió de su cultura. Pero Jesús está dispuesto a escucharla y dejarse interpelar por ella. La mujer confronta las palabras que Jesús le ha dicho y gracias a ella, el ministerio de Jesús cambia radicalmente. La mujer cananea —de la que no nos ha llegado su nombre en los evangelios— le responde diciendo: «pero también los cachorrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos» (v. 27b). Finalmente Jesús resalta la fe de la mujer y le concede la curación a su atormentada hija (De La Torre 2010).

La comprensión comienza allí donde algo nos interpela (Gadamer 2007, 369). Dejarse interpelar es renunciar a la hegemonía de querer tener respuestas para todo. Los varones somos bombardeados con la premisa de que somos los escogidos divinos para buscar alguna manera prodigiosa de resolver las cosas (à la MacGyver). Aquellos varones que no caben en el modelo hegemónico son presa de críticas e ignominias. Sus masculinidades son medidas por la ley del más fuerte y por la escalada meritocrática.

Escuchar es preguntarse, es conectarse con el otro o la otra en busca de respuestas. Al escuchar se descubren y se abren posibilidades. Como varones nos vemos exigidos por el modelo hegemónico patriarcal a no escuchar y tener una llave maestra para todo.

B. Un problema: el dualismo en los roles de género

El dualismo en los roles de género ha llevado a teologías discriminatorias y a conceptos complementaristas en cuanto a los roles de género. El modelo complementarista parte de la premisa de que sicológicamente hombres y mujeres son diferentes, por lo que, según este modelo, cada sexo tiene roles distintos que cumplir en la familia y la sociedad.

En este modelo complementarista, la responsabilidad del sustento económico del hogar es rol del varón, mientras que a la mujer se le ata a las labores reproductivas y de cuidado «emocional y moral» de hijos e hijas.

La paternidad en el varón se la tiene como reducida, un «andar de la mano», lejana; mientras que en la mujer es amplia, cercana. Al padre se le exige responsabilidad, a la madre cuidado. El padre, según este modelo, debe infundir en hijos e hijas el pensamiento lógico, mientras que se espera de la madre infundir cariño. Todo esto está cuidadosamente construido para dotar al varón de pleno poder de controlar el espacio público, haciendo competencia con otros varones, y relegando la mujer al espacio privado.

Esto ha llevado a que en nuestras iglesias, en la mayoría de casos, los varones ocupen las posiciones de dirección y relevancia, mientras que a las mujeres se les ha relegado a un segundo o tercer plano, ejecutando únicamente actividades en las que están siendo dirigidas por varones.

C. Tener y adquirir conciencia histórica de nuestras identidades

La conciencia histórica es un paso de doble vía: en primer lugar nos lleva a tener conciencia de la alteridad del otro y de la otra; y en segundo lugar a tener conciencia de la alteridad del pasado (Gadamer 2007, 437).

En nuestras iglesias los varones no hemos creado espacios para crear-nos conciencia y cuidar-nos mutuamente; escuchar-nos, dejar-nos provocar, contar-nos historias de vida y experiencias.
Las masculinidades son un terreno aún no trillado en los grupos de varones que se reúnen en las iglesias. Las relaciones entre varones y varones están primadas por un «respeto» lejano, sin cercanía, como inter pares funcionando automáticamente según dicta el modelo hegemónico de masculinidad imperante. Los sentimientos quedan vedados, y quien los expresa corre la suerte de ser tenido al menos.

Las relaciones entre varones y mujeres en muchas iglesias se basan en el «cuidado» que se les dice a los varones que deben dispensar a las mujeres. Un cuidado patriarcal —«como a vaso más frágil»— que sólo acepta cercanía en las parejas matrimoniales. Es también un cuidado exacerbado en controlar la corporeidad de las mujeres —«para que sean pudorosas y cuidadosas en el vestir»—. Es el paradigma de que el varón es una bestia salvaje que necesita ser domesticada.

D. ¿Bestias salvajes o seres humanos?

El modelo hegemónico de masculinidad el cual se pretende que todos los varones lo alcancen, crea monstruos, tanto aquellos que ejercen violencia física como verbal a sus parejas, a otras mujeres y a otros varones, como aquellos que se les tiene como tales por no encajar en el modelo: un modelo de varón fuerte, que no se inmuta, que no tiene sentimientos y que demanda atención sin dejarse interpelar. Allí quedan fuera sin contemplación muchos varones que como señala Mario Zúñiga Núñez:
son susceptibles de convertirse en monstruos (maldad pura, irracionalidad absoluta, insociabilidad). El monstruo se convierte en esa Oveja Negra que intentará ser absorbida para presentarse como triunfo del sistema, ya sea por su derrota o su cooptación. De tal suerte que el sistema intentará dos caminos: el primero será asesinar al monstruo, asegurando un juego del bien contra el mal […]; el segundo, la cooptación de ese monstruo, de cara a la
presentación de un modelo (la oveja negra que se convierte en blanca) (2008, 23).
La violencia sistémica es endosada por el fundamentalismo bíblico imperialista, y convertida pastoralmente en desamor, concentrando su poder vital en el control económico y reproductivo. La vida resulta ser entonces cosificada. Se privilegia, por ejemplo, la unión de una familia y la reconciliación constante por sobre la salud y la salvaguarda de mujeres violentadas y maltratadas por sus compañeros.

E. Soldaditos de plomo teledirigidos o cómo ha sido construido el sujeto masculino

El sujeto masculino ha sido circunscrito a un modelo hegemónico que manifiesta su subjetividad como símbolo de poder, dominación, actividad, superioridad e independencia, y considerado como paradigma de la especie humana. Según señala Ivone Gebara:
«Género» significa una construcción social, un modo de estar en el mundo, un modo de ser educado o educada y un modo de ser percibido o percibida que condiciona el ser y el obrar de cada individuo… la relación de género ha sido y sigue siendo la construcción de unos sujetos históricos sometidos a otros sujetos, no sólo en virtud de su clase social, sino por una construcción sociocultural de las relaciones entre hombres y mujeres, entre masculino y femenino (2002, 90-92 en Pimentel Chacón 2008, 62).
En la teología cristiana, el cuerpo ha estado enmarcado dentro del dualismo platónico cuerpo-espíritu. El cuerpo se tiene como reservorio del pecado, enfatizando la culpa, que ha llevado a la necesidad de conectarse con la Divinidad para alcanzar el «hombre nuevo» (espíritu). El cuerpo masculino resultó ser entonces paradigma médico y religioso, denigrando al cuerpo femenino como diferencia (no-varón).

Con la revolución sexual de los 1960s, ya en plena Guerra Fría, los símbolos corporales cambiaron: el varón se convirtió en proveedor, protector y líder, mientras que la mujer pasó a ser símbolo sexual comercializable, cuerpo que nutre, recibe y afirma la hegemonía del varón.

Tanto en varones como en mujeres hay una visión fragmentada de sus cuerpos. En el varón, su cuerpo ha estado oculto tras su yo: es ausencia (rechazo de la desnudez frontal), mientras que en la mujer, su cuerpo está sobredimensionado y oculta su yo: es presencia (Baltodano 2006).

F. El modelo hegemónico de masculinidad y su influencia en y desde las iglesias

La teología cristiana tradicional ha enfatizado la supremacía del varón sobre la mujer y con ello, una única y deseable manera de ser y hacerse hombre. Hay que reconocer que el paradigma del Dios cristiano masculino ha sido capital para conformar desde la teología el modelo hegemónico de masculinidad.

Los relatos de la biblia que no se conforman al paradigma imperante de género, o son dejados de lado, o sólo se les trata desde una perspectiva moralista. Una teología narrativa tanto en la hermenéutica como en la homilética, nos puede ayudar a descubrir las diversas y múltiples formas de ser hombre.

Los varones necesitamos escucharnos y compartir entre nosotros mismos y con las mujeres cómo nos sentimos, reflexionando sobre cómo hemos llegado a ser hombres y cómo estamos viviendo nuestras masculinidades.

Género no es sólo hablar de mujeres, también es hablar de hombres.

La masculinidad hegemónica se va construyendo poco a poco en las iglesias, en donde a los niños les son contadas como ejemplos a imitar historias de la biblia basadas en el poder y la violencia: David que derrota a sus enemigos; David que mata a Goliat; Sansón como paradigma de hombre de Dios-fuerte; Jesús afeminado y de otro mundo, más divino que humano.

Tristemente, nuestras iglesias han servido como ‘entes vigilantes’ que constantemente han cooptado la corporeidad de los varones, exigiéndoles compostura, fuerza, represión de sentimientos y cuido de la mujer débil.

El modelo hegemónico de masculinidad rechaza toda diferencia. La mayoría de varones no caben en ese modelo, por lo que constantemente tienen que estar demostrando y demostrándose que son varones, para no caer en una minusvalía masculina.1 Los roles de género quedan bien diferenciados: al varón le son establecidos los roles de liderar, proveer y proteger; mientras que a la mujer los roles de afirmar (el liderazgo del varón), recibir y nutrir.2

G. Pautas pastorales

1. Que las iglesias sean espacios liberadores e inclusivos. Toda persona es creación y semejanza de Dios, merece ser acogida, afirmada y respetada en su identidad.

2. Los ministerios en la iglesia son dones que Dios da a todos y todas. Toda persona es libre de desarrollar el ministerio o labor que ha sentido hacer desde la comunidad de creyentes.

3. Que la educación sexual sea laica. Hay que apropiarse del cuerpo y saberlo disfrutar, reclamando la
autonomía en la sexualidad y abogando porque se legisle por una paternidad y maternidad responsables (Baltodano 2006).

4. Que las iglesias sean comunidades de paz y respeto mutuo, en donde el co-cuidado, la solidaridad, el amor y la acogida sean valores fundantes.

5. Animar, crear y fomentar grupos de varones en las iglesias comprometidos con ser voces proféticas
para denunciar la violencia ejercida contra las mujeres, siendo aliados con ellas en sus luchas y
demandas sociales.

Notas:

1. El término es de Joan Guillermo Figueroa Perea (Pichardo Almonte 2005, 176). 

2. Esta separación de roles, tan dañina para las iglesias, queda ejemplificada en libros como Recovering biblical manhood and womanhood. A biblical response to Evangelical feminism (John Piper, Wayne Grudem, editores. Wheaton: Crossway Books, 1991).

Bibliografía 

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BALTODANO, Mireya. 2006. «Cuerpo y sexualidad» (mimeo). San José.

BEDFORD, Nancy. 2008. La porfía de la resurrección. Ensayos desde el feminismo teológico latinoamericano. Buenos Aires: Kairós.

Biblia traducción interconfesional. 2008. Traducción bajo la dirección de La Casa de la Biblia
— Sociedad Bíblica de España. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, Editorial Verbo Divino y Sociedades Bíblicas Unidas.

DE LA TORRE, Miguel. “Was Jesus a Racist?”, disponible en http://www.abpnews.com/index.php?option=com_content&task=view&id=3870&Itemid=9. Fecha de acceso: 20 de septiembre, 2010.

GADAMER, Hans-Georg. 2007. Verdad y método. Traducido del alemán por Ana Agud Aparicio y Rafael de Agapito. Salamanca: Sígueme.

GEBARA, Ivone. 2002. El rostro oculto del mal. Madrid: Trotta.

JORDAN, Roberto, Dan GONZÁLEZ ORTEGA, Germán ZIJLSTRA, editores. 2010. Desafiad@s... Desafiando. Iglesias de América Latina comprometidas con la Confesión de Accra: alianza por la justicia económica y la vida en la tierra. México: Casa Unida de Publicaciones.

MADRIGAL RAJO, Larry José. 2009. Guía pedagógica en masculinidades. Un aporte a la escuela para la educación en género. Aportes conceptuales — Fascículo #1. Santo Domingo: Editorial Centro Cultural Poveda.

PICHARDO ALMONTE, Ángel. 2005. «Falocentrismo, orquiectomía e identidad masculina en República Dominicana», en Ginetta E. B. CANDELARIO, compiladora. 2005. Miradas desencadenantes. Los estudios de género en la República Dominicana al inicio del tercer milenio. Santo Domingo: Centro de Estudios de Género INTEC.

PIMENTEL CHACÓN, Jonathan. 2008. Modelos de Dios en las teologías latinoamericanas: estudio en Juan Luis Segundo e Ivone Gebara. Heredia, Costa Rica: Universidad Nacional.

ZÚÑIGA NÚÑEZ, Mario. 2008. «¿Modelos o monstruos? Las personas jóvenes presas de las proyecciones patriarcales», Pasos 137. San José: Departamento Ecuménico de Investigaciones.

Sobre el autor:

Natanael Disla es dominicano. Profesor de Ciencias Sociales y Humanidades en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, y magíster en Género y Desarrollo por la misma universidad. Coordinador de la Unidad de Gobierno Local en el Observatorio Político Dominicano. Tiene estudios de Licenciatura en Ciencias Teológicas en el Seminario Bautista de República Dominicana



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