Yo, evangélico me confieso | Por Harold Segura C.

Harold Segura C. | Crónicas e impresiones desde Lausana III (10)
Ciudad del Cabo, Octubre 24 de 2010



Era para estar ahí. Me refiero a la celebración de clausura. Todos, los que llegaron con expectativas y los que trajeron las valijas cargadas de desconfianzas; los optimistas y los pesimistas, repito, todos deberían haber estado allí en el culto de la última noche en Ciudad del Cabo. Comenzamos a las 7:00 p.m. y terminamos a las 9:55 p.m. Tres horas de liturgia profunda, con música de la mejor calidad (un coro de más de 200 voces y una orquesta de músicos profesionales), un sermón que dijo cosas serias y pertinentes (el predicador fue el Dr. Lindsay Brown, actual Director Internacional de Movimiento de Lausana), oraciones previamente escritas, letanías de perdón, de alabanza y, al final, una Cena del Señor (Eucaristía) presidida por el Arzobispo Henry Orombi (Uganda), de la Iglesia Anglicana.

El programa de esta celebración final lo recibimos a la entrada del salón de reuniones. Era un cuadernillo de 31 páginas con todo el texto escrito de lo que cantamos y oramos. Nada se salió del programa; todo en su orden, todo a su hora. La liturgia fue elaborada siguiendo la tradición de la Iglesia Anglicana de Kenia. Yo, disfruté cada minuto, pero me preguntaba para mis adentros qué estarían pensando nuestras mayorías evangélicas latinoamericanas con esta liturgia tan estricta; y con esta celebración tan adornada de elementos simbólicos que, en muchos casos, no son admitidos dentro de nuestras iglesias por ser considerados católicos (ya sabemos lo anti-católicos que siguen siendo algunos sectores). Permítanme me explico. En la pantalla digital que hacía de fondo se proyectaban íconos antiguos e imágenes de Jesús y los discípulos (ni los íconos, ni las otras imágenes forman parte de la tradición evangélica); al frente, en el altar, la mesa del Señor en el centro con dos cirios encendidos a cada lado (¿pueden imaginarse el cuadro?) y una cruz puesta en lo alto al lado derecho de la mesa. Y para completar la sorpresa, un obispo anglicano revestido con su atuendo arzobispal.
En lo personal, cada vez aprecio más el lugar de la liturgia (incluidos los íconos antiguos, los que estudio y colecciono desde hace poco tiempo), pero, repito, no representa a la mayoría evangélica y, menos aún, a la pentecostal. Después de la ceremonia me enteré que algunos representantes latinoamericanos decidieron salir cuando vieron tanta pompa ceremonial. Pero fueron pocos. El sentir general fue de admiración y celebración, sobre todo cuando llegó el momento de la Cena del Señor y todos tomamos el pan y el vino (había jugo de uva por si los escrúpulos doctrinales, y vino de verdad por si los buenos gustos).

Durante el día todo había trascurrido con expectativa y mucha alegría. Casi siempre el último día de un congreso es así. Se acerca el final de la jornada y el regreso a casa. En las plenarias de la mañana intervinieron los expositores anunciados en el programa: Los esposos Ramez y Rebeca Atallah (Egípto), como intérpretes de la última parte del libro de Efesios; Patrick Fung (Singapur), David Ruíz (Guatemala) y los esposos Chad y Leslie Neal Segraves (USA) como presentadores del tema del día que era la importancia de asociarse como Cuerpo de Cristo para cumplir con la Misión. Se trataron diversos subtemas: la colaboración de hombres y mujeres para la misión, la cooperación estratégica entre las diferentes partes del Cuerpo de Cristo y,  la necesidad de trabajar unidos para combatir la pobreza bíblica. Esta expresión, pobreza bíblica, se usó en repetidas ocasiones durante esta semana (a mi buen amigo Jesiel Carvajal, del Ecuador, no le gustó la expresión y me lo decía cada que podía).

De las sesiones de la mañana destaco la participación del latinoamericano, Dr.  David Ruíz, quien recordó la urgencia de iniciar una nueva historia de colaboración para la Misión y dar fin a la colonización con sus modelos impositivos. Se refería él a las formas como los países del llamado Primer Mundo imponen los modelos misioneros y señalan los programas que se deben seguir en los «pueblos de misión». Y terminó proponiendo que en esta nueva época de colaboración imitemos el modelo del apóstol Pablo, centrado en la colaboración entre iguales y fundamentado en la amistad fraterna.

En la tarde participamos de los diálogos y de los foros del día. Yo estuve en el foro acerca de la niñez como campo y sujeto de la misión. De esto mejor no hablar. No vale que se diga que protagonismo misionero de las niñas y los niños es, por ejemplo, promover a los predicadores de cuatro y cinco años (de esos que se encuentran ahora por decenas en los videos de YouTube) y otras cosas más. En este asunto de la niñez, también en misiones estamos en pañales.

Mejor regresemos al culto de clausura. Ahí estaba el pueblo evangélico representado por cuatro mil personas, de más de 200 diferentes países del mundo, de diversas culturas, distintos idiomas y, también, vale destacarlo aquí, variados enfoques teológicos (y litúrgicos, que no se nos olvide). Este es el pueblo evangélico y aquí estuvo presente. No hablamos los mismos idiomas, ni pensamos la fe de la misma manera. ¿No es esta una de las mejores riquezas que tenemos? Creo que sí. Prefiero esta diversidad que tantas veces me hace sentir incómodo, a una Iglesia monolítica y regida por una sola forma de cantar, creer, pensar y vivir. La diversidad que propuso Lutero y por la que fue acusado de desestabilizar la unidad de la Iglesia. La diversidad que debemos alentar y valorar después de Lausana III. Eso soy, evangélico; de los de corazón planetario (para recordar la expresión de Segundo Galilea) y convicción ecuménica.

Recuerdo ahora una de las introducciones que escribió el teólogo metodista argentino, Dr. José Míguez Bonino, en uno de sus últimos libros: «He sido catalogado diversamente como conservador, revolucionario, barthiano, liberal, catolizante, moderado, liberacionista. Probablemente todo esto sea cierto. No soy yo quien tiene que pronunciarse al respecto. Pero si trato de definirme en mi fuero interno, lo que “me sale de adentro” es que soy evangélico».[1]

Y esto mismo es lo que a mí me sale de adentro: yo, evangélico me confieso. Y en estas toldas mantendré mis esperanzas y disgustos; mis frustraciones y anhelos; mi contribución y mis reclamos. Es la identidad que me constituye en mi fe personal y, esta Iglesia, la reunida durante estos días, mi la familia espiritual inmediata, con la que espero seguir construyendo caminos del Reino.

Ciudad del Cabo, más de lo que esperaba… menos de lo que me hubiera gustado.

[1] José Míguez Bonino, Rostros del protestantismo latinoamericano, Nueva Creación, Buenos Aires-Grand Rapids, 1995, p. 5.
Sobre el autor:
El pastor y teólogo Harold Segura es colombiano, radicado en Costa Rica. Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International y autor de varios libros.
Anteriormente fue Rector del Seminario Teológico Bautista Internacional de Colombia.
 
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