La cruz y la verdad | Por Nicolás Panotto

La cruz, símbolo de muerte y de vida. Muerte que vivifica. Vida que muere para vivir más plenamente. La cruz es contradicción, paradoja. De aquí que ella pierde su poder transformador cuando intentamos encerrar su significado a través de dogmas, teologías, prácticas. La cruz representa ese hecho que nadie esperaba, que encuentra su verdad en la sorpresa, no en el cumplimiento de lo deseado (al menos de la manera que se lo esperaba). La cruz se resiste a toda explicación dada. Es escándalo.

Foto Patricia Cofré Flickr.com (1)
La cruz significa la muerte de toda particularidad. Como dice Jurgen Moltmann (El Dios crucificado), representa la muerte de Dios en tanto Dios y de su humanidad asumida. Gianni Vattimo (Creer que se cree), por su parte, entiende la kenosis, el auto-vaciamiento que Dios hace de sí mismo, como la verdad salvífica de la cruz. Por eso, ella es la identidad de la no-identidad. Dios se transforma en extraño a sí mismo para mostrar el poder de la debilidad frente a las expectativas absolutas de la religión, de la política y del deseo humano, que pretenden definir a Dios, la Historia, la Sociedad, la Revolución, como entidades acabadas en sí mismas. Es en la muerte de estas pretensiones donde las palabras, los símbolos, las prácticas, las relaciones, las utopías, encuentran su proyección.

La cruz implica que la divinidad de Dios no se muestra en la certeza de un ideal sino en la paradoja del abandono y la debilidad. La verdad de la cruz se deposita en ser símbolo deconstructor, que atraviesa las particularidades asumidas (ideológicas, religiosas, políticas, etc.) para potenciar su poder en el cuestionamiento de toda pretensión absoluta. Aquí la universalidad de la cruz: en marcar un camino en nuestras propias historias hacia la apertura de posibilidades de ser en la propia extrañeza de lo que es y de lo que somos.

Vivir como caminantes y seguidores de la cruz significa vivir desde una identidad que se abandona a sí misma para vivir en el poder inacabable de la vida en todas sus posibilidades. Por eso, la muerte es el fin de lo dado hacia la afirmación de lo nuevo. En la cruz, el cristianismo muestra la paradoja de asumir la sujeticidad en la extrañeza con uno mismo. Néstor Míguez lo dice en estas palabras: “La cruz no es simplemente ‘el lugar de la víctima’, como equivocadamente a veces se ha dicho en la teología latinoamericana. Es el lugar donde la víctima reivindica su condición humana, se desvictimiza, resiste la colonización del deseo […] La experiencia del crucificado es la afirmación de la dignidad humana, del esclavizado que se rebela, que se hace sujeto de libertad aun frente al innegable poder de muerte del Imperio” (“El Imperio y la Cruz”, pp.9 y 10).

En la cruz, la Verdad muere como absoluto para transformarse en escenario de posibilidades infinitas. En ella, toda particularidad perece, no en su existencia sino en su pretensión de ser absoluta desde los elementos finitos y subjetivos que la componen. La cruz muestra, entonces, que lo verdadero no es un cúmulo de explicaciones acabadas sino el asumir la debilidad, la paradoja y la contradicción inherentes a cualquier opción, identidad, espiritualidad, religiosidad, no para promover la anulación y el estancamiento de cualquier esfuerzo que se proyecte en una verdad sino para construir una fe que potencie posibilidades, símbolos y acciones.

(1) Fotografía Patricia Cofré Licenciada bajo CC
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